martes, 3 de diciembre de 2013

San Francisco Javier, Patrono de la Misiones

Nació en el castillo de Javier (Navarra) el año 1506. Fue ordenado sacerdote en Roma el año 1537, y se dedicó a obras de caridad. El año 1541 marchó al Oriente. Evangelizó incansablemente la India y el Japón durante diez años. Murió el año 1552 en la isla de Sanchón Sancián, a las puertas de China.




La primacía de la caridad en la misión

Durante mucho tiempo ha sido corriente llamar “misión” (o en plural “misiones”) al envío a evangelizar en una zona geográfica alejada de la cristiandad. Pero desde el Concilio Vaticano II hemos recuperado el sentido originario de la misión, que pertenece de suyo a toda la Iglesia (todos los bautizados y en todos los lugares). El origen de esa misión recibida se halla en Dios mismo, en el envío al mundo del Hijo y del Espíritu por el Padre para mostrar su inmenso amor por nosotros. Así Jesús, cuando comienza su predicación en Nazaret, hace suyas las palabras proféticas de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia, a proclamar la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). Todos los cristianos, ungidos por el mismo Espíritu en el Bautismo, participan de esa misión liberadora de Cristo.



Si preguntásemos a Javier qué es lo más importante en la misión, nos respondería sin dudar lo más mínimo: la caridad, el amor. En las instrucciones a sus colaboradores no se cansaba de repetirlo:

«Ruegoos mucho que con esa gente, digo con los principales, y después con todo el pueblo os hayáis con mucho amor; porque si el pueblo os ama, y está bien con vos, mucho servicio haréis a Dios» (27 de marzo de 1554). «Tratad siempre con mucho amor con esta gente y haced obra en que de ellos seáis amado» (27 de marzo de 1554). «Procuraréis con todas vuestras fuerzas haceros amar de esta gente, porque siendo de ellos amado, haréis mucho más fruto que siendo de ellos aborrecido» (febrero de 1548). Y en la misma carta reitera: «Mucho os torno a recomendar que trabajéis en haceros amar en los lugares donde anduviereis y estuviereis, así haciendo buenas obras como con palabras de amor, para que todos seamos amados antes que aborrecidos: porque de esta manera haréis más fruto, como ya dije».

También en nuestros días, la primera encíclica del Papa Benedicto XVI identifica en esos términos la esencia de la comunidad cristiana: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia”  (Deus caritas est, n. 25). Por eso, el Papa afirma en el Mensaje del DOMUND 2006 que “La caridad, alma de la misión”. “La misión, si no es orientada por la caridad, es decir, si no nace de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a una mera actividad filantrópica y social” (n. 1).

A través del testimonio de la caridad, la Iglesia sirve al Reinado de Dios, presente ya en el mundo. No es extraño, pues, que el diálogo con otras religiones y culturas sea parte integrante de su misión. Sin embargo, la misión no puede reducirse ni al servicio asistencial de la caridad, ni al diálogo, ni al simple mantenimiento de las comunidades cristianas ya existentes. Como en la época de Javier, siguen siendo necesarias las “misiones” propiamente dichas: las iniciativas eclesiales para propagar el Evangelio por el mundo entero y fundar la Iglesia entre los pueblos que todavía no conocen a Cristo. De esa manera se van extendiendo visiblemente, sacramentalmente, los límites de la Iglesia. Como, escribía Javier, desde Malaca, a los jesuitas de Europa, el 22 de junio de 1549:


«Grande es la consolación que llevamos en ver que Dios nuestro Señor ve las intenciones, voluntades y fines por que vamos a Japón. Y pues nuestra ida es solamente para que las imágenes de Dios conozcan a su Criador, y el Criador sea glorificado por las criaturas que a su imagen y semejanza crió, y para que los límites de la santa madre Iglesia, esposa de Jesucristo, sean acrecentados, vamos muy confiados que tendrá buen suceso nuestro viaje».