lunes, 20 de abril de 2015

vocación y misión

Narra el Evangelio que Jesús, al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque, mientras recorría pueblos y ciudades, los encontraba cansados y abatidos “como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36). De esa mirada de amor brotaba la invitación a los discípulos: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9,38); y envió a los Doce “a las ovejas perdidas de Israel”, con instrucciones precisas.

Desde entonces, se inicia la evangelización de los pueblos, y se comprueba cómo Dios suscita numerosos discípulos en las comunidades cristianas que nacen del primer anuncio y se consolidan con la celebración de la fe. Estas vocaciones en no pocas ocasiones son zarandeadas por circunstancias dolorosas, como la resistencia a la aceptación del mensaje, o incluso son expulsadas de la propia tierra por ser seguidores de Jesús (cf. Hch 8,1-4). La vida evangelizadora de Pablo es uno de tantos ejemplos, pero su respuesta ante la adversidad se convierte en luz para futuros discípulos misioneros. Cuando es acusado de no estar autorizado para el apostolado, apela repetidas veces precisamente a la vocación recibida directamente del Señor (cf. Rom 1,1; Gál 1,11-12.15-17). La llamada vocacional es el argumento fundante de su misión. No se ha “apuntado” a este trabajo por iniciativa propia: ha sido llamado y enviado.


“¡Qué bueno caminar contigo!”


Desde hace más de 50 años se celebra, en la Iglesia católica, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones el IV Domingo de Pascua. Si cada día la Iglesia ora al Padre por aquellos que han sido llamados al sacerdocio y a la vida consagrada, esta Jornada es especialmente singular, porque la Palabra de Dios pone ante la consideración de los fieles la figura del Buen Pastor. Este año, además, coincide con la celebración, en España, de la Jornada de Vocaciones Nativas, promovida por la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, que tiene como finalidad ayudar a la formación y el sostenimiento de las vocaciones que Dios suscita al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada en los territorios de misión.

Para celebrar ambas jornadas se propone a las comunidades cristianas el lema “¡Qué bueno caminar contigo!”. Cuando una persona, generalmente un joven, acepta la llamada de Dios, experimenta una enorme alegría y gozo. “¡Qué bueno es estar aquí!”, diría Pedro en el monte Tabor. Esta experiencia contrasta con los momentos previos, en los que la incertidumbre o la indefinición aparecían como disuasorias coartadas del miedo y de la preocupación. En el momento en que Mateo, después de escuchar la llamada, se levanta y lo deja todo, su vida ha empezado a cambiar, y lo celebra con una fiesta. Es el comienzo de una nueva etapa, impregnada de amor y de bondad, que ha de recorrer. El secreto de esta nueva actitud nace de la certeza de que el amor no admite cálculos ni contraprestaciones: es la entrega radical de uno mismo. Inmediatamente, sin buscarlo, casi sin desearlo, se experimenta la belleza de la donación. Así, de manera sencilla, pero heroica, comienza el caminar del discípulo, con la mirada puesta en la espalda del Maestro que va por delante desbrozando el camino.

No es un caminar en solitario, sino en compañía. “Caminar contigo”, reza el lema. Las vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio son “echar a andar” con el Otro, conscientes de que junto a ellas camina el compañero silencioso, oculto y a veces “disfrazado”, como les sucedió a los discípulos de Emaús: inicialmente no le reconocieron, pero se sentían muy a gusto con el “desconocido”; más tarde descubrirían que era el Resucitado. Cada vocación vive en profundidad esta certeza de recorrer el camino de la salvación en la cercanía y proximidad de Jesús. “Caminar contigo” implica, además, que el sendero está repleto de otros caminantes, con los que el discípulo comparte la experiencia de la fe, la ilusión de la esperanza y la cercanía del amor. De este modo el recorrido se hace gratificante y seguro. Cómo se agradece en muchos tramos del camino la mano amorosa del cirineo que ayuda a llevar la cruz o a levantarse cuando uno ha podido tropezar.