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viernes, 12 de abril de 2013

Homenaje misionero en Tocina



CARTA ESPERANZADA A MIS HERMANOS SACERDOTES DIOCESANOS
   Era el 24 de marzo de 1980. El Salvador estaba en plena guerra (in)civil y acababan de asesinar a Monseñor Romero en la capilla mientras celebraba la Eucaristía. Él fue como el buen pastor que da su vida por las ovejas (Jn 10,11). Su sangre y su recuerdo, treinta y tres años después, siguen siendo semilla de nuevos cristianos. Cuando nos enteramos en el Seminario, entonces yo estaba de Vicerrector, nos fuimos un grupo a la capilla a rezar. Después de la cena Miguel y Paco, quienes entonces cursaban sus primeros años de Filosofía, me dijeron que querían hablar conmigo. Nos reunimos los tres y pude percibir lo afectados que estaban, ya que tenían mucha inquietud misionera. Yo les dije "pues cuando un misionero muere mártir, otro debe ocupar su lugar….", y les invité a una reunión que tenía el IEME en Madrid quince días después.
   Desde entonces ya ardían por la misión ad-gentes y no escatimaron esfuerzos ni cesó su animación. Siguieron su formación y ejercieron el ministerio, Miguel, de diácono en Alcalá del Río, y Paco, unos años de sacerdote en Trajano. Uno era de Carmona y otro de Tocina. Tengo grabada en mi mente la cena de despedida de Paco quien fue el primero en partir a Zambia, tras una larga preparación. Marchó el 21 de agosto de 1991 y fallecía de accidente en tráfico el 28 del mismo mes, fiesta de San Agustín. Sus restos están en Santa María de Carmona donde su madre va diariamente aún a escuchar la santa misa junto a su hijo.
   En cuanto a Miguel, ya podéis ver por la carta que envía su párroco el homenaje que le hace su pueblo de Tocina. Cuando murió y trajeron su cuerpo estuvimos velándolo toda la noche en la capilla. En aquella cena les dije: “Creo que los tres ya no nos volveremos a ver hasta que nos reunamos en el Cielo”. Paco, con sentido del humor, dijo: “Pues morirás primero tú, pues tú eres el mayor”. Si os cuento esto no es más que para tener reciente una memoria histórica agradecida a Miguel y Paco, y bendecir al Señor que los llamó a la misión ad-gentes. Ellos supieron responder generosamente a esa llamada.
   Termino con unas palabras textuales de una carta que envió Paco al equipo de misiones del Seminario: "Quisiera deciros también, con respecto a mi vocación misionera, que la tengo más clara; que cada día veo con claridad que es necesario dejarlo todo para anunciar la Buena Noticia que Jesús trae a aquellos que aún no la conocen. Lo cierto es que me siento llamado a ello y me siento feliz" (Carmona, 23-XII-1983).
    Amigos sacerdotes jóvenes, los puestos de Miguel y Paco, así como los de tantos otros mártires y testigos del Evangelio, tienen que ser ocupados. El Señor sigue llamando a la misión: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 18,19-20). Este imperativo del Señor es también para nosotros, por mucha necesidad que tengamos en nuestra Archidiócesis. Ésta se ve enormemente enriquecida con el testimonio de los misioneros. Dice la Escritura que “Los que siembran con lágrimas cosechan entre cánticos” (Sal 126,5). Miguel y Paco fueron testigos de ello, y Dios siempre premiará la entrega generosa de aquellos que lo dejan todo por sembrar su Palabra de libertad y salvación.
    Un fuerte abrazo,
    Eduardo M. Clemens
    Delegado Diocesano de Misiones