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miércoles, 15 de abril de 2015

Vocaciones nativas... en camino


La mencionada coincidencia de la Jornada de Vocaciones Nativas con el día en que la Iglesia universal es convocada a orar por las vocaciones es un signo más de la intrínseca relación entre vocación y misión. Son las laicas francesas Juana Bigard y su madre, Estefanía, quienes, a finales del siglo XIX, se ponen en movimiento con el fin de promover las ayudas necesarias para las vocaciones que inician su singladura en los ámbitos misioneros, dando origen a una iniciativa, la Obra de San Pedro Apóstol, que más tarde, en 1922, alcanzaría su condición de “Pontificia”. Habían intuido que la formación de las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada sería garantía para la expansión del Evangelio.

Desde el principio ambas advirtieron que era claramente insuficiente con la provisión de ayudas económicas, aunque fueran necesarias. Se requería, con prioridad, dotar a estos ámbitos misioneros de una fuerte consistencia espiritual, enraizada en la adhesión al Evangelio en la persona de Jesucristo. Con este anclaje se aseguraba que las vocaciones allí surgidas y formadas llevaran en su entraña la certeza de que eran llamadas no solo a atender a las comunidades de las que habían salido, sino al mundo entero, como sucedió con los apóstoles. La vocación-misión, como testimonio del amor divino, resulta especialmente eficaz cuando se comparte “para que el mundo crea” (Jn 17,21). Por eso, la súplica al Dueño de la mies para que suscite vocaciones no es para “abastecer” las necesidades próximas e inmediatas de las urgencias pastorales domésticas, sino para su disponibilidad a salir de sus límites e ir a donde la Iglesia lo necesite.