martes, 12 de abril de 2016

La caridad no tiene fronteras

“Pensaba, que por ser indígena a lo mejor no me aceptarían”. Sor Viatlia Morales nació en Chiapas, Méjico hace 47 años y es tzeltal.  

La vocación de sor Viatlia comenzó de niña al conocer el trabajo de las religiosas. Después de formarse en enfermería, encontró su camino con las Hijas de la Caridad, que forman una comunidad de 19 hermanas de diferentes etnias mejicanas. Fruto de su entrega a Cristo, actualmente trabaja cuidando ancianos. “Sentí la necesidad de prepararme profesionalmente para poder brindar un mejor servicio a los pobres”. Esta vocación nativa asegura y facilita el trabajo de la Iglesia en las comunidades indígenas. Es una fe encarnada, con acento local.


“Soy Sor Vitalia Morales Sántiz, originaria de Chúlná municipio de Oxchuc Chiapas. Pertenezco al grupo étnico tzeltal uno de tantos pueblos indígenas del sur del país.

Cuando tenía 10 años, a mi pueblo llegaron unas religiosas de misión, y se hospedaron en la casa de mis padres. No sé a qué congregación pertenecían. Ellas visitaban a las familias, daban pláticas. Un día les expresé que quería ser como ellas, y ellas me respondieron: “cuando tengas 15 años te llevaremos”. Estas misioneras nunca más volvieron. Terminé la primaria y seguí con la secundaria fuera del pueblo, lejos de la familia, sin saber español.

Aprendí a hablar el español escuchando y preguntando. Tenía entonces 14 años. Una hermana de la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul llegó a la escuela secundaria a invitarnos a un curso de primeros auxilios. Uno de los requisitos es que fueran muchachas indígenas ya que también necesitaban traductoras. El curso fue de un mes, y al terminar, sor Florencia que así se llama la hermana que hizo la invitación, nos llamó personalmente para preguntarnos si queríamos ir trabajar a nuestras comunidades como promotoras de salud o quedarnos a trabajar en el Hospital San Carlos con ellas. Entonces yo pedí quedarme en el hospital en donde comencé a trabar como auxiliar de enfermería. Al poco tiempo, empezaron a invitarme a cursos de verano a México para formarme para ser catequista.

Después de un tiempo, nuevamente empecé a sentir la inquietud para la vida consagradame llamaba la atención la vida de las hermanas, su forma de trabajar, de servir, de vivir.  Una de las cosas que me atrajo para ser Hija de la Caridad fue testimonio, su alegría, cercanía, su entrega, etc.  Cuando oraban, rezaban en la capilla, al escucharlas cantar me daba sentimiento y me preguntaba: “¿podré ser algún día Hija de la Caridad?”. Pensaba, que por ser indígena a lo mejor no me aceptarían.

Cumplido 4 años de estar trabajando en el hospital San Carlos, tenía entonces 22 años de edad y me dije: “ya es hora de tomar una decisión, ¿qué quiero hacer con mi vida?”. Entonces pedí conocer a la comunidad de las Hijas de la Caridad y me aceptaron. Después, en 1990 me vine a México para comenzar la formación, que se desarrolló en varias etapas:

Entré al pre-postulantado, un año, primera etapa de formación, en la fiesta de la Virgen de la Asunción en el mismo año. A los tres meses ya me estaba arrepintiendo porque no entendía mucho el español y quería regresar a mi casa. Entonces mi formadora Sor Bertha Zermeño me preguntó si dudaba de mi vocación y le dije que no. Fue muy comprensiva conmigo, le pidió a una de mis compañeras de generación que a las indígenas nos diera clase de lectura de comprensión, porque éramos 4 indígenas de distintas lenguas.

Siguió la etapa del postulantado: En esta segunda etapa ya compartíamos con las hermanas dentro de la comunidad y el servicio de los pobres.

A los 8 meses entre al noviciado, tercera etapa. Una etapa muy especial, muy profunda, de mucho silencio, recogimiento, donde se lee mucho la palabra de Dios, la vida de los fundadores, la historia de las Hijas de la Caridad, fue un año y seis meses.

La cuarta etapa consistió en el envío a misión: fui enviada a una casa de pastoral indígena de lengua Náhuatl, en donde aprendí un poco la lengua y así poder comunicarme con la gente porque no hablaban el español. Nuestro trabajo en la parroquia consistía en dar pláticas prematrimoniales, bautizos, confirmación etc.

A los 6 años de vocación hice mis primeros votos para confirmar mi compromiso con Dios para toda la vida aunque es renovable cada año.

Luego pedí a la visitadora de la provincia de México que me diera la oportunidad de seguir estudiando. Estudie la preparatoria luego la carrera de enfermería, sentí la necesidad de prepararme profesionalmente para poder brindar un mejor servicio a los pobres.

La obras en donde he estado son, entre otras, una casa de misión donde trabajamos junto con el párroco en la formación de catequistas, sacramentos visitas domiciliarias, salud etc; un Hogar de ancianos en donde se recibía personas indigentes, ancianos de bajos recursos que han sido abandonados, despojados, sobre todo por la familia; un hospital en la ciudad de México en donde se recibía pacientes de bajos recursos; un albergue en Mérida de personas con discapacidad… Actualmente estoy trabajando en cuidados asistidos con hermanas mayores.

Esta ha sido mi historia a lo largo del camino en mi vida. Tengo 24 años de vocación y 47 años de edad. Estoy muy contenta, muy agradecida con Dios, con la compañía de las Hijas de la Caridad, con las personas que me rodean y personas que han colaborado en mi formación profesionalmente y espiritualmente, sin ellos no hubiera podido lograr mi meta hasta ahora.

Muchas veces siento que mi vocación de ser hija de la caridad es un misterio de Dios. Él me fue guiando, acompañando, dándome su luz para poder subir cada escalón de mi vida.

Muchas gracias por darme la oportunidad de compartir la llamada que Dios me ha hecho.”