“Pensaba, que por ser indígena a lo mejor no me aceptarían”. Sor
Viatlia Morales nació en Chiapas, Méjico hace 47 años y es tzeltal.
La vocación de sor Viatlia comenzó de niña al conocer el trabajo de las
religiosas. Después de formarse en enfermería, encontró su camino con las Hijas
de la Caridad, que forman una comunidad de 19 hermanas de diferentes etnias
mejicanas. Fruto de su entrega a Cristo, actualmente trabaja cuidando ancianos.
“Sentí la necesidad de prepararme profesionalmente para poder brindar un mejor
servicio a los pobres”. Esta vocación nativa asegura y facilita el trabajo de
la Iglesia en las comunidades indígenas. Es una fe encarnada, con acento local.
“Soy Sor Vitalia Morales Sántiz, originaria de Chúlná municipio de Oxchuc
Chiapas. Pertenezco al grupo étnico tzeltal uno de tantos pueblos indígenas del
sur del país.
Cuando tenía 10 años, a mi pueblo llegaron unas religiosas de misión, y se
hospedaron en la casa de mis padres. No sé a qué congregación pertenecían.
Ellas visitaban a las familias, daban pláticas. Un día les expresé que quería
ser como ellas, y ellas me respondieron: “cuando tengas 15 años te llevaremos”.
Estas misioneras nunca más volvieron. Terminé la primaria y seguí con la
secundaria fuera del pueblo, lejos de la familia, sin saber español.
Aprendí a hablar el español escuchando y preguntando. Tenía entonces 14
años. Una hermana de la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de
Paul llegó a la escuela secundaria a invitarnos a un curso de primeros
auxilios. Uno de los requisitos es que fueran muchachas indígenas ya que también
necesitaban traductoras. El curso fue de un mes, y al terminar, sor Florencia
que así se llama la hermana que hizo la invitación, nos llamó personalmente
para preguntarnos si queríamos ir trabajar a nuestras comunidades como
promotoras de salud o quedarnos a trabajar en el Hospital San Carlos con ellas.
Entonces yo pedí quedarme en el hospital en donde comencé a trabar como
auxiliar de enfermería. Al poco tiempo, empezaron a invitarme a cursos de
verano a México para formarme para ser catequista.
Después de un tiempo, nuevamente empecé a sentir la inquietud para
la vida consagrada: me llamaba la atención la vida de las hermanas,
su forma de trabajar, de servir, de vivir. Una de las cosas que me atrajo para
ser Hija de la Caridad fue testimonio, su alegría, cercanía, su entrega,
etc. Cuando oraban, rezaban en la capilla, al escucharlas cantar me daba
sentimiento y me preguntaba: “¿podré ser algún día Hija de la
Caridad?”. Pensaba, que por ser indígena a lo mejor no me aceptarían.
Cumplido 4 años de estar trabajando en el hospital San Carlos, tenía
entonces 22 años de edad y me dije: “ya es hora de tomar una decisión, ¿qué
quiero hacer con mi vida?”. Entonces pedí conocer a la comunidad de las Hijas
de la Caridad y me aceptaron. Después, en 1990 me vine a México para comenzar
la formación, que se desarrolló en varias etapas:
Entré al pre-postulantado, un año, primera etapa de formación, en la fiesta
de la Virgen de la Asunción en el mismo año. A los tres meses ya me estaba
arrepintiendo porque no entendía mucho el español y quería regresar a mi casa.
Entonces mi formadora Sor Bertha Zermeño me preguntó si dudaba de mi vocación y
le dije que no. Fue muy comprensiva conmigo, le pidió a una de mis compañeras
de generación que a las indígenas nos diera clase de lectura de comprensión,
porque éramos 4 indígenas de distintas lenguas.
Siguió la etapa del postulantado: En esta segunda etapa ya compartíamos con
las hermanas dentro de la comunidad y el servicio de los pobres.
A los 8 meses entre al noviciado, tercera etapa. Una etapa muy especial,
muy profunda, de mucho silencio, recogimiento, donde se lee mucho la palabra de
Dios, la vida de los fundadores, la historia de las Hijas de la Caridad, fue un
año y seis meses.
La cuarta etapa consistió en el envío a misión: fui enviada a una casa de
pastoral indígena de lengua Náhuatl, en donde aprendí un poco la lengua y así
poder comunicarme con la gente porque no hablaban el español. Nuestro trabajo
en la parroquia consistía en dar pláticas prematrimoniales, bautizos,
confirmación etc.
A los 6 años de vocación hice mis primeros votos para confirmar mi
compromiso con Dios para toda la vida aunque es renovable cada año.
Luego pedí a la visitadora de la provincia de México que me diera la
oportunidad de seguir estudiando. Estudie la preparatoria luego la carrera de
enfermería, sentí la necesidad de prepararme profesionalmente para poder
brindar un mejor servicio a los pobres.
La obras en donde he estado son, entre otras, una casa de misión donde
trabajamos junto con el párroco en la formación de catequistas, sacramentos
visitas domiciliarias, salud etc; un Hogar de ancianos en donde se recibía
personas indigentes, ancianos de bajos recursos que han sido abandonados,
despojados, sobre todo por la familia; un hospital en la ciudad de México en
donde se recibía pacientes de bajos recursos; un albergue en Mérida de personas
con discapacidad… Actualmente estoy trabajando en cuidados asistidos con
hermanas mayores.
Esta ha sido mi historia a lo largo del camino en mi vida. Tengo 24 años de
vocación y 47 años de edad. Estoy muy contenta, muy agradecida con Dios, con la
compañía de las Hijas de la Caridad, con las personas que me rodean y personas
que han colaborado en mi formación profesionalmente y espiritualmente, sin
ellos no hubiera podido lograr mi meta hasta ahora.
Muchas gracias por darme la oportunidad de
compartir la llamada que Dios me ha hecho.”


























































