martes, 4 de octubre de 2016

Punto de partida - Domund 16

La Jornada Mundial de las Misiones tiene su origen en el corazón de una laica muy sensible al compromiso de la fe. Paulina Jaricot siente la necesidad de “salir” de su pequeño mundo, para ayudar a sus amigos misioneros que, desde la otra orilla, le piden ayuda (cf. Hch 16,9). Lo que inicialmente fue una respuesta solidaria de un pequeño grupo de personas cercanas se convirtió en una corriente de caridad en la que la Iglesia entera se siente implicada. Ella se pone en camino, y con ella, millones de personas, que hacen posible un verdadero movimiento misionero, en el que el Papa ve reflejada la deseada “Iglesia en salida”.

De esto habla en su Mensaje, cuando invita a los cristianos a salir al encuentro del otro para poner a disposición del Evangelio sus propios talentos y capacidades. Este salir supone primariamente un romper las cadenas que aherrojan a la persona en sus egoísmos y condicionamientos internos. “Salir” como discípulos misioneros, enviados por el Espíritu, enviados por la Iglesia: “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (n. 6; EG 20).
El Mensaje evoca la experiencia de la madre que da a luz a su hijo. Es el mejor referente para entender del sentido de fe que embarga el trabajo del misionero que recorre los caminos mostrando el rostro de Dios, rico en misericordia. Cuando el misionero sale de su tierra, tiene bien experimentada la “salida” de sí mismo y la certeza de que es su madre, la Iglesia, quien le envía y acompaña: “[...] la Biblia para referirse a la misericordia remite al seno materno: es decir, al amor de una madre a sus hijos, esos hijos que siempre amará, en cualquier circunstancia y pase lo que pase, porque son el fruto de su vientre” (n. 2).


Anastasio Gil García
Director Nacional de OMP España