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miércoles, 6 de junio de 2012

Ladrillos de colores, para este tiempo de crisis


Ya están en marcha. Cuando sopla bien fuerte el poderoso viento de la fe, no hay quien detenga a los que la tienen. La hermosa gente de los Cursillos de Cristiandad, con su presidente Fernando Parra, con su consiliario Eduardo Martín Clemens, ha salido camino de una nueva aventura en la larga historia de más de medio siglo emprendiendo tantas. Y anoche, otra que sumar, pidiendo un milagro: ponerse a la obra de rehabilitar, precisamente ahora, en el peor momento, la inmensa Casa de Ejercicios en San Juan de Aznalfarache. Pero a esa gente no la detiene ni una crisis económica mundial; esa gente ha echado los dientes en traer ante Dios los cestos vacíos, con apenas unos panes y unos peces; esa gente no olvida que quedaron todos saciados al pie de la montaña, o que durante una boda en Caná de Galilea no faltó el vino. Esa gente cree en los milagros porque los ha visto.
Todo esto hace falta para que se entienda en estos tiempos descreídos porqué la noche del lunes, en la Fundación Cruzcampo, en un acto presidido por el arzobispo de Sevilla, se presentó oficialmente el proyecto denominado Ladrillos de Colores, en alusión a las reformas y mejoras arquitectónicas que se acometerán en el edificio donde tantas veces se coreó la canción estandarte, “De colores”, lema de los Cursillos de Cristiandad.
Las donaciones voluntarias, en metálico, a la medida de las posibilidades de cada uno, cursillistas o no, harán realidad un empeño tan difícil como necesario. Es una obra que habla de futuro y de avance, de algún modo imprescindible para continuar la singladura de una barca que ha sido cantada cada vez que el pescador de hombres se acercaba a la orilla.
El pastor Juan José Asenjo ha dejado muy clara su implicación en esta empresa católica de seglares. Primero con la aportación dineraria importante que ha hecho el arzobispado; y segundo, porque llega hasta el punto de recomendar a los seminaristas que vivan la experiencia de un Cursillo.
Ignacio Montaño, directo como siempre, evocó el largo anecdotario de un prodigio continuo que empieza a asombrar allá por 1956.
Julio Cuesta, presidente de la Fundación Cruzcampo, estuvo en su estilo inconfundible: un auténtico anfitrión de la causa patrocinada.
Muchas caras de infatigables a lo largo de tantos años para todos los gustos, fáciles y cuesta arriba: el catedrático Antonio Márquez con su esposa Conchita Quidiello, el doctor Eusebio Torres junto a su mujer Conchita Jurado, Maribel Botello, Concha Pérez, Jesús Fuentes con su esposa Maren Jurado, María Sánchez Moliní… y, cómo no, el legendario don Publio Escudero, que fuera capellán real de la Catedral, el cura castellano con el que Cursillos comenzó su andadura en Sevilla.
Me gustó de cerca el arzobispo, me gustó por tranquilo, sin prisas, al ritmo de su gente, departiendo sin intermediarios, caminando -paseando diría- sin la escolta eclesiástica que te lo haría inabordable. Pero él mismo gobernaba la decisión de ser asequible, sin divismos, importante pero cercano, sin premeditar los trayectos ni cruzar con celeridad calculada el espacio que le llevara a meterse en su coche como si fuera James Bond y jugando a la fugacidad. Esto es un arzobispo, no una estrella del pop llena de exigencias hasta con los informadores o poniendo inconvenientes a aquellos que nos ganamos la vida cargando una cámara. Este arzobispo es la Iglesia que atrae, no la que repele.
Fernando Parra fue punto y aparte. Por eso va aquí, en estos renglones últimos de su enorme sentido de la responsabilidad. Porque mientras tanto, uno de los cursillistas más entregados se nos estaba yendo hacia su más definitivo destino. Su hijo no delegó en esos momentos ser el presidente de los Cursillos. Aguantó el tipo. Entre las posibles expresiones, escogió para sus ojos el brillo del entusiasmo y la tenacidad. Hizo lo que le había enseñado el padre que se le iba. Salvo porque el comentario de la triste circunstancia iba de boca en boca, nadie se hubiera dado cuenta por la actitud de Fernando Parra de que su padre agotaba las últimas horas de su vida. Estaba dando como arquitecto y como ser humano la mejor lección aprendida del hombre grande e inolvidable que por fin iba a ver la cara de Dios: construir, levantar, edificar… con ladrillos de colores.

Sevillapress